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Los niños que también necesitan que los veamos

Cuando hablamos de inclusión en educación, generalmente pensamos en aquellos niños que necesitan apoyo para alcanzar los aprendizajes esperados. Y eso es fundamental. Pero existe otra realidad de la que hablamos mucho menos: los niños y jóvenes que tienen capacidades sobresalientes y que, precisamente por ser diferentes, terminan siendo invisibles para el sistema. 

¿Qué ocurre con un niño que puede resolver problemas matemáticos mucho más rápido que sus compañeros? ¿Con aquel que tiene una capacidad extraordinaria para la música, el arte, la tecnología, la escritura o la ciencia? ¿Qué pasa cuando su talento no está contemplado dentro de lo que tradicionalmente entendemos como «buen estudiante»?.

Muchas veces, simplemente seguimos adelante. El sistema educativo tiene programas para atender distintas necesidades, pero todavía tenemos dificultades para reconocer que no todos los estudiantes aprenden de la misma manera ni desarrollan sus capacidades en los mismos ámbitos.

Un niño puede no destacar en una prueba tradicional y, sin embargo, tener un talento extraordinario que nunca descubriremos si no existen las herramientas para observarlo. Y aquí aparece una pregunta que deberíamos hacernos como comunidad: ¿estamos realmente incluyendo a todos cuando solamente nos preocupamos de que nadie se quede atrás, pero no de que quienes pueden llegar más lejos tengan la oportunidad de hacerlo?

Esto también es un problema de desigualdad territorial.

Un estudiante de una comuna pequeña como San Felipe puede tener exactamente el mismo potencial que uno de Santiago, pero quizás no tenga acceso a un laboratorio, un mentor, una academia especializada, una orquesta, un taller tecnológico o una universidad que le permita desarrollar aquello para lo que tiene talento. Necesitamos avanzar hacia una educación que no solamente detecte dificultades, sino también potencialidades.

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Que permita identificar talentos científicos, artísticos, deportivos, tecnológicos y creativos, y que genere oportunidades concretas para desarrollarlos. Quizás la solución no sea crear más etiquetas, sino abrir más caminos: talleres comunales, convenios con universidades, mentorías, programas de talento y espacios donde nuestros niños puedan descubrir aquello que son capaces de hacer. Porque la inclusión también significa mirar al niño que está sentado en el fondo de la sala y preguntarnos:

¿Qué sabe hacer que todavía no hemos descubierto? Y quizás esa pregunta sea el comienzo de una educación mucho más justa.

 

Mauricio Fossa Lucero

 

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