Aconcagua al Día
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Reciclar y reciclarse La Columna de Citadini

Desde mi atalaya en las montañas divisé un hombre robusto arriba de una mula bien cargada. Algo así como Sancho Panza montando a rucio por las serranías  de La Mancha. Finalmente el hombre llegó a mis dominios. Era nada menos que Roberto González, del diario. Luego de secarse el sudor de la frente y saludarme cortésmente me dijo:

─No pude llegar hasta aquí en mi moto, así que tuve que alquilar esta mula, porfiada como ella sola.

─Como mula ─le dije.

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Le pasé un choquero con agua fresca del arroyo para que saciara su sed. Entonces me dijo:

─Citadini, traigo órdenes de la dirección. Debes reciclarte y producir más, es preciso que escribas una crónica semanal, si no, no podrás seguir teniendo tu columna en el diario. Para esto el jefe te ha obsequiado un teléfono celular de última generación. Con él podrás no sólo producir más, sino también te podrás insertar en el mundo virtual y cibernético.

A mi águila no le gustó el obsequio y entonces lanzó un fuerte chillido.

─Pero acá no hay electricidad ─le dije─; y esos aparatos hay que cargarlos todos los días.

─Bueno, para eso te he traído un generador y veinte litros de petróleo para comenzar. Después tendrás que encargarte tú mismo de conseguir el petróleo.

Mi águila lo miraba con ojos de águila a punto de clavar sus garras.

Antes de marcharse me dijo:

─Recuerda, Citadini, si no produces una crónica semanal ya no serás columnista del diario. Te digo, los columnistas están brotando como callampas, y escriben cabezas de peca’o más interesantes que las tuyas.

Esas fueran sus últimas palabras antes de descender en la mula.

“Que esto sea para que pueda entregar mi mensaje”, me dije. Comencé a cargar el teléfono, que traía una linda manzana mordida en la parte superior derecha. “Será ésta una metáfora de la mordida de Eva en el Paraíso”, pensé. A todo esto, el ruido que producía el generador alejó a los animales que me visitaban por las tardes. Ni el puma, ni el zorro, ni el gato montés se acercaban a mi cueva, y los cóndores apenas los distinguía en las alturas.

Cuando el teléfono estuvo cargado, comenzó a sonar una campanita con bastante frecuencia. Era gente que me enviaba mensajes. Algunos enviaban problemas religiosos, otros arremetían con profundos dilemas morales, y otros con conflictos geopolíticos del Medio Oriente. Por favor: ¡Dejen a los dioses que resuelvan esos conflictos! Ya tenemos bastantes problemas con nuestras nimias existencias como para creernos capaces de resolver esos problemas.

Bueno, luego de una semana me di cuenta que no podría producir una crónica semanal, y pensé, como decía en La Montaña Mágica de Thomas Mann, que la unidad mínima de tiempo era un mes. De manera que al diablo con el diario. Le dije a unos amigos extraterrestres que me visitan, que se llevaran el generador, el cablerío, y toda la chatarra a una galaxia distante.

Fui entonces a las tierras bajas y llegué al club de tenis a conversar con el profe Gato. Y como las puertas se cierran, también se abren, conocí ahí a un señor dueño de Comunicaciones Aconcagua SpA., que me invitó a publicar en sus medios electrónicos, sin prisa, pero sin pausa.

Por lo tanto, estimados lectores, aún hay espacio para Citadini. Seguiremos con este tema en la próxima columna.

 

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